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FOTO DE LA SEMANA: “Piñas van, piñas vienen”

La imagen fue capturada por Ramón Angel Romero Valdés

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“Gerardo Cornejo Murrieta describe con trazos muy precisos y afectuosos la epopeya de su padre…”

Laura Nicastro*

LA SIERRA Y EL VIENTO

Gerardo Cornejo Murrieta

En primer lugar, quisiera agradecer a la licenciada Inés Martínez de Castro, del Colegio de Sonora,  por haberme invitado a presentar La Sierra y el Viento de Gerardo Cornejo Murrieta en nuestra Feria del Libro de 2018. La responsabilidad me honra y espero que mis breves comentarios se encuentren a la altura de la confianza que ha depositado en mí.

Estamos frente a una serie de relatos (o capítulos) que cuentan la diáspora de la familia Cornejo Murrieta desde Tarachi, en la Sierra Madre (Sonora) hacia el desierto, a fundar una nueva ciudad que se llamará Colonia Irrigación y, más tarde, Villa de Juárez. Paralelamente, y a medida que el texto recorre los diferentes paisajes hasta llegar a destino, el autor (segundo de, al momento de iniciarse la partida, cuatro hijos) va abandonando la niñez. En cierto aspecto, quizá podríamos hablar de una novela de pasaje. El narrador (narrador espía, según él mismo se reconoce) va dando “pasos” tanto a lo largo del periplo como en su proceso de maduración y los límites entre los dos aspectos a menudo se desdibujan, se funden uno en el otro.

En las sucesivas páginas de La Sierra y el Viento, Cornejo Murrieta aborda numerosos temas de índole social: en la sierra, la expoliación de los mineros; en los valles, los trabajos de los ganaderos; en el llano, las penurias de los colonos –no sólo para transformar el desierto en tierra fértil, sino también para convertirse en propietarios legales de su parcela– y, finalmente, la evolución del asentamiento hasta constituirse en ciudad.

Pero entre esos muchos aspectos que encara, Gerardo Cornejo Murrieta describe con trazos muy precisos y afectuosos la epopeya de su padre, líder de una creciente familia, al colonizar el desierto. A su imagen, transmitida por el autor, me referiré en estas líneas.

Asimismo, me llamó poderosamente la atención el predominio del paisaje a lo largo de toda la narración. Es un personaje omnipresente.

En estos minutos me referiré a sólo estos dos aspectos del libro que nos ocupa: la relación con su padre y el paisaje.

Con referencia al padre, al contarnos la historia de don Juvencio Cornejo, el autor descubre un modelo que marcó profundamente su infancia y su curso de vida. Valga como síntesis la dedicatoria:

“Este libro lo escribí para mi padre”

El relato arranca con la emigración cuando en Tarachi, lugar de origen de la joven familia, las minas se agotan, lo que incide en las posibilidades económicas y de educación de los hijos. La medida despierta admiración entre los conocidos ya que nadie nunca antes había abandonado el pueblo. Juvencio Cornejo –de veintiocho años de edad– es, a todas luces, un precursor. El autor nos transmite una imagen que más tiene de Sagrada Familia que de éxodo. Imaginemos a los padres jóvenes con sendas cabalgaduras seguidos por los dos niños mayores atados a sus monturas respectivas (para que no se caigan) y los dos gemelos acomodados en cajas de madera sobre una mula mansa, rumbo a lo desconocido y promisorio. La mirada del niño es de adoración porque ve a su progenitor como “un dios mirando de frente al mundo”. No es un dios despótico sino que tiene una gran fortaleza espiritual y el autor siente que “nos daba un profundo sentido de protección…”. Durante la travesía, hay noches en que duermen al aire libre y el niño, inquieto por los sonidos, espía entre las cobijas la imagen de su padre fumando tranquilo con la “noche encima y la mirada en las estrellas”, una imagen que le da seguridad.

En cierto momento deben enfrentar el cruce de un río y el miedo se apodera del niño. Retroceder en el camino se transforma en un sueño imposible: adelante queda esa fuerza poderosa que lo llena de terror. Tal como la vida que lo llevará irremediablemente a la adultez, enfrentarla es la única alternativa. Hay un sobresalto en este cruce del río y emerge una vez más la imagen del padre como un dios omnipresente y todopoderoso y “por él, dice el autor, nada podría pasarnos”.

Cuando llegan a destino, encuentran un desierto hostil que se opondrá a cualquier clase de domesticación. Los recién llegados deberán limpiar una parte del suelo, empezar a construir una choza de adobe. Curiosamente, aquí se revela que el joven padre no ha renunciado a su sueño personal: poseer un negocio, convertirse en comerciante. Y aparece también la aguda capacidad de observación y el sentido común del autor-niño frente al proyecto del padre cuando se pregunta (al igual que el lector) quiénes comprarán algo en ese páramo despoblado.

En poco tiempo, los trabajos de don Juvencio involucran a la comunidad toda. Él es el motor para concretar, después de siete años, un sueño comunitario: que los colonos lleguen a ser dueños legales de las parcelas que tan trabajosamente habían limpiado y cultivado.

Don Juvencio Cornejo es determinante como modelo de identidad en el desarrollo de la personalidad del autor. Con la mirada de quien se encuentra por primera vez con este texto, nos llamó la atención la semejanza de las decisiones tomadas por padre e hijo, aunque en diferentes circunstancias y tiempos.

  • Al principio, el padre arbitra medidas que le competen en lo personal: trabaja como leñador, como minero, es ganadero, tiene su pequeño comercio. El niño / autor, al descubrir los tesoros de una biblioteca, decide que no trabajará la tierra, sino que se dedicará a los libros.
  • Más adelante el padre, junto a la familia, decide emigrar, cultivar el desierto. A su tiempo, el hijo emigra de la casa paterna y se traslada a Ciudad de México para estudiar derecho, para “cultivar” su intelecto. Esta decisión también involucra al grupo familiar al dejarlos atrás.
  • Años más tarde, las responsabilidades del padre abarcan a otros colonos constituidos en comunidad: fundar un asentamiento, legalizar la posesión de la tierra. A su tiempo, el hijo, ya profesional, materializa su propia vida fundacional que abarca a la comunidad toda y que la trasciende como las ondas que genera una piedra al caer en el centro de un lago.

Es sintética prueba de esto último que “nuestro” autor creó El Colegio de Sonora, la Asociación Mexicana de Población y la Sociedad de Escritores Sonorenses, lo que lo llevará a viajar a más de cuarenta países en el cumplimiento de sus propuestas, también él (citando sus propias palabras y referidas a don Juvencio) “sin el apoyo de predecesores que le indicaran el camino”. Tal vez sin notarlo, Gerardo Cornejo Murrieta siguió la luz de ese faro que fuera su padre y perpetuó el linaje de pioneros en la familia.

A todos nos sorprenderá, sin duda, que aquel padre llegara a los noventa y un años y nos es muy difícil imaginarlo como un anciano. Gracias a estos relatos, a nuestros ojos él seguirá siendo, como lo dice su hijo, un “león de la sierra”.

————–

EL PAISAJE COMO PERSONAJE

Estos comentarios no pueden prescindir de otro elemento muy característico de la literatura mexicana: el paisaje. En los minutos que nos quedan quisiera hacer una breve referencia a la importancia del mismo en la constitución de esta novela.

Tanto el autor (un espía silencioso, según su propia descripción) como los demás personajes, están condicionados por la naturaleza que los rodea.

El paisaje o entorno es una pieza fundamental para alcanzar el bienestar de la familia y se constituye en  el disparador que inicia el éxodo. Originarios del vallecito alto de Tarachi (“verdores ascendentes, lenguaje de insectos y batir de alas; cielo excesivo en estrellas”, señala el autor) deja este entorno para ir “en busca de oros escondidos”.

Tal es la importancia del entorno, que el autor echa mano de la personificación del paisaje desde el mismo comienzo del éxodo: “La muralla de la sierra atajó la llanura, pero ésta reaccionó derramando mezquites, cactus y vinoramas sobre el lado seco de la cordillera”. Pero también el hombre concreta un sentido inverso de identificación plena con el entorno:

“Nos dio camino abajo aquel vaquero amable que más parecía una porción del paisaje”. La naturaleza habla, las montañas tienen voz propia. En otro de los capítulos que abarcan esta emigración, el autor menciona el eco de los gritos misteriosos que se oyen en la sierra “son gritos que hay encerrados entre los cerros desde hace mucho tiempo” y en el contexto del viaje los interpreta: “la sierra me [los] lanzaba… como una indicación de despedida”… como si las sierras pudieran tener y expresar sentimientos.

Más adelante, cuando relata la vida de los recién llegados colonos en el desierto, dice que era “una verdadera guerra en la que las plantas lanzaban sus espinas.”

Hay añoranza por el paisaje familiar y decepción por lo nuevo al realizar el viaje en tren. Aquel es un momento bisagra: la sierra, su lugar de origen que hasta el momento le ha brindado abrigo, alimentación y las historias que sustentan su memoria, ha desaparecido.  Abandona el paraíso perdido con sus valles conocidos, la vegetación protectora, los misterios familiares. Dice “Era el estado original que iba quedándose atrás” (velada alusión al Jardín de Edén). El paisaje que divisa desde la ventanilla es como una premonición. Tiene por delante la incertidumbre, un entorno poco amable. La visión es desoladora “”un mundo entero sin montañas, una lejanía sin fin cubierta sólo por chaparral espinoso, y un cielo amarillo y sin contorno…”

El nuevo paisaje es agresivo. Tres meses de tarea intensa por hectárea, “espinas que saltan como avispas” con cada hachazo, mordeduras de cascabel. Si la montaña los había cobijado, ahora “el desierto los atacaba por todos los flancos” cuando inician el desmonte: una interminable variedad de cactos, la pesadilla de tumbar un tronco reseco para encontrarse con un nido de cascabeles chirriantes o reptiles de todas clases que atacan hombres y ganado. A tal punto fue una lucha sin cuartel que se acuñaron palabras nuevas: “espinados” para quienes tenían clavadas espinas con puntas de gancho y “picados” los atacados por serpientes. El entorno se asemeja ahora al desierto que enfrentaron Adán y Eva al abandonar el paraíso.

Pero la ya establecida Ciudad de Juárez avanza y progresa y una buena noche aparecen la electricidad y con ella, los focos en las calles. Dice el autor que hasta ese momento, “en aquella llanura predominaba el cielo… eso, durante la oscuridad, era un paseo entre galaxias y una expansión del asombro a la que todos estábamos acostumbrados… Poco a poco, los focos fueron cayendo como estrellas fugaces de agosto, al impacto de las pedradas… Y entonces el cielo volvió a ser dueño absoluto de la noche.”

Y con esta última oración quisiera terminar mis comentarios sobre este libro maravilloso que nos ha paseado, a través de sus imágenes, sus historias y su cálida prosa, si no entre galaxias, por una región de México poco conocida para nosotros, habitantes de esta ciudad a orillas del Río de la Plata.

Muchas gracias.

Laura Nicastro

44º Feria del Libro de Buenos Aires 2018.

28 / 04 / 18