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“Este libro se engarza en la coyuntura de tres periodos: porfiriato, revolución y cambio institucional posrevolucionario”, Díaz Grijalva.

Capitalizar el campo. Financiamiento y organización rural en México. Los inicios del Banco Nacional de Crédito Agrícoladel Doctor Jesús Méndez Reyes y publicado por El Colegio de México y la Universidad Autónoma de Baja California en 2017.

 

Comentarios de Ana Isabel Grijalva Díaz

El Colegio de Sonora.

 

Agradezco al doctor Juan José Gracida la invitación a presentar esta valiosa obra en el marco de la XIII Semana de Historia Económica del Norte de México en homenaje a la Doctora Cynthia Radding.

 

La directriz que condujo al doctor Jesús Méndez en la investigación del libro Capitalizar el campo. Financiamiento y organización rural en México. Los inicios del Banco Nacional de Crédito Agrícola, se centró en la pertinencia de rescatar desde la historia económica y social la operatividad del mercado del crédito para el campo a productores privados y colectivos así como a la política que lo hizo posible a través del Banco Nacional de Crédito Agrícola con el que explica el financiamiento de las actividades agrarias.

La inquietud sobre la pertinencia de la investigación en tiempos neoliberales asechó al autor dado que las políticas estructurales de 1993 sobre la regulación de los derechos agrarios para incorporar al mercado de tierras a más de cien millones de hectáreas en el país, echaron por tierra los derechos y usos de la propiedad agraria soportados en artículo 27 constitucional y el Código Agrario de 1934. Por lo tanto, dar respuesta a las preguntas ¿en qué momento comenzó el desastre y qué explicaba el financiamiento rural mexicano en el largo plazo? se convirtieron en el hilo perseverante de esta investigación para precisar y localizar las fuentes documentales, que finalmente, se convirtieron en el abrevadero de hallazgos que posteriormente el lector puede sopesar en la línea del tiempo histórico, la importancia y la vigencia del crédito para el sector primario. Es decir, el autor no trató de crear un modelo de financiamiento agrícola o abrir la discusión para que la banca pública y privada vieran con ojos benevolentes al productor agrícola. Pues es bien sabido que sin garantía segura para la recuperación del préstamo, ningún actor del mercado financiero, en cualquier etapa de la historia, apostaría por el pequeño y mediano agricultor o ejidatario.

Es así como el autor, inicia el dialogo con las fuentes.  Se concretó en entender, explicar y exhibir en perspectiva histórica la capitalización del agro mexicano. De dónde provino, cómo se articuló entre los productores, como se ofertó y demandó el crédito a individuales, colectivos; en forma institucional o informal.

Creo por demás pertinente la llegada a la vida académica, de una obra que explica las formas de financiamiento agrícola durante las primeras etapas de la vida institucional de la banca de fomento, cuya banca, hoy en día, prácticamente se encuentra desarticulada en relación a las organizaciones de producción agrícola. Las políticas de apoyo al campo a través de Financiera Nacional de Desarrollo Agropecuario, Rural, Forestal y Pesquero, y del FIRA (Fideicomisos Instituidos en Relación con la Agricultura) está enfocado a garantizar el sistema de producción agrícola de empresas y productores de alta competitividad en el mercado financiero.

El libro retrata a México en un momento en el que el 80 por ciento de la población habitaba en el área rural. Las pinceladas del relato entrecruzan el financiamiento que recibían las áreas de base agrícola del país. Las tonalidades lo ofrecen los personajes políticos que articularon los planes y programas para atender las demandas financieras del campo. Este libro se engarza en la coyuntura de tres periodos: porfiriato, revolución y cambio institucional posrevolucionario.  En el primer periodo la banca de emisión regional ponía poca atención al financiamiento del campo; apenas se habían constituido dos bancos hipotecarios en el país cuando asechó la revolución mexicana; en el segundo periodo, los bancos nacionales y regionales paralizaron sus operaciones de crédito; y en el tercero, los bancos que lograron sobrevivir con base en la ley bancaria de 1924 se modificaron a bancos comerciales o refaccionarios.  El objeto de estudio es claro: analizar la capitalización del campo por medio del crédito a productores privados y colectivos, la reconstrucción de los antecedentes del Banco Nacional de Crédito Agrícola como parte del cambio institucional.

Con este hilo conductor, el autor va llevando al lector en el andamiaje del problema financiero que representó el crédito agrícola en tres momentos:

Primero: durante el porfiriato, la Caja de Préstamos para Obras de Irrigación y Fomento de la Agricultura, ejerció créditos individuales a propietarios de fincas y a bancos regionales, cuyos créditos se respaldaron con más de dos millones de hectáreas, y que, llegado el momento del pago, muchos deudores prefirieron perder sus fincas ante la imposibilidad de hacer frente a sus compromisos. Pero además, gran parte del crédito a la agricultura se ejerció de manera no institucional, por casas comerciales establecidas en México con tasas de interés altas; aunque, por otra parte, los créditos ofertados de manera institucional por la banca privada estuvieron a cargo del Banco de Londres, México y Sudamérica y del Banco Nacional de México. Éste último con sucursales y agencias en todo el país.

Segundo: durante el periodo armado, la Comisión Monetaria revolucionaria, la Comisión Reguladora e Inspectora de Instituciones de Crédito tenía vigiladas las operaciones de créditos y el circulante. Este periodo se tornó difícil por la falta de liquidez de los bancos, además, de que se perfilaba el ocaso de la Caja de Préstamos, no solo por malos manejos, sino por el surgimiento de nuevas instituciones, dejando de lado las posibilidades de ofertar créditos de habilitación.

Tercero: el cambio institucional dio pie a la reconstrucción del sistema bancario nacional y por ende, el nacimiento del Banco Nacional de Crédito Agrícola para dar soporte institucional a las operaciones de crédito para el campo. Tras una serie de ajustes en la normativa y acuerdos interinstitucionales, se reglamentaría el Crédito Agrícola. La Ley de Crédito Agrícola de 1926 buscaba proteger por todos los medios, la pérdida de la propiedad de las sociedades de agricultores, e incluso, la propiedad individual. Es decir, el análisis de estos tres momentos, dan respuesta a las preguntas de investigación.

 Capitalizar el Campo… es tener en las manos una obra que permite esclarece el comportamiento de la banca regional porfiriana, en el sentido de la operatividad del crédito agrícola; el origen de las políticas de financiamiento e investigación agrícola y las formas de organización de los agricultores ante los tipos de propiedad agraria dentro de un nuevo marco institucional posrevolucionario. Pone de manifiesto las dificultades que tuvo el sector agrícola para obtener financiamiento durante las primeras décadas del siglo XX. La Caja de Préstamos estaría muy lejos de satisfacer las necesidades financieras de los pequeños y medianos productores. La escasez de fondos sería solo una excusa para limitar el crédito.  Esto por una parte, por la otra, la vigilante Comisión Monetaria que regulaba el insuficiente circulante finalmente se disolvió para dar paso a la constitución del Banco de México, de cuyo, respaldo institucional y financiero surgió el Banco Nacional de Crédito Agrícola.

El Banco Nacional de Crédito Agrícola fue clave para el desarrollo y florecimiento de la agricultura en México, o más bien, de la agricultura especializada, comercial y de la construcción de obras de irrigación.  Tal como lo menciona el autor, es a partir del Banco Nacional de Crédito Agrícola que se permite entender “cómo se allegaron de financiamiento algunos productores agrícolas y qué papel jugaron las instituciones y agencias del Estado Mexicano para ofrecer o negociar crédito al campo en un momento determinado de la historia”. Se subsume, que en estas instituciones del Estado se encontraba el Banco Nacional de Crédito Agrícola como el pilar que hacia cumplir la ley de Crédito Agrícola Instituida en 1926, y que con ella, se protegería la propiedad agraria; e impulsaría el desarrollo del sector primario. Por ello, debemos festejar el nacimiento de esta obra que expone desde la rama de la historia económica y social, la raíz del financiamiento rural que demandaron los agricultores organizados en Asociaciones Agrícolas y los agricultores particulares basados en la normatividad de crédito agrícola instituido por el mismo BNCA, donde otorgar el predio agrícola en garantía era elemental para la obtención del crédito.

Desde la política de Deslindes de Terrenos y Colonización del territorio en 1890, se puso en marcha un mercado agrario, “una masiva trasformación del patrimonio de tierras públicas en manos privadas”. Para hacerlas cultas, era necesario un sistema de financiamiento y organización de los agricultores para percibir dichos créditos.

México no estaba desfasado de lo que sucedía en Europa, en Rumania, Turquía, Argentina u otros países del mundo que canalizaban recursos a los agricultores a través de Bancos Agrícolas.  Ahora conocemos que el gobierno de Porfirio Díaz tuvo serias intenciones de apoyar el campo a través de la Cámara Central de la Agricultura y Ganadería de la República Mexicana y la Comisión para el Estudio del Crédito Agrícola, cuyos créditos, finalmente, serían operados por la Caja de Préstamos para Obras de Irrigación y Fomento a la Agricultura. Lo que buscaba Díaz era impedir los consecutivos malos años de cosechas y potenciar la producción con granos de calidad, especialmente, de arroz, maíz y trigo.

Nada hacía más vulnerable al agricultor, que la falta de crédito. De ello se dieron cuenta los actores del cambio institucional, Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles, Lázaro Cárdenas y Abelardo L. Rodríguez. Esto explica porque el Banco de México a pesar de ser una institución de emisión y reguladora de la moneda, otorgó créditos directos durante los primeros años de funcionamiento a productores agrícolas.  Y por otra parte, creó el Departamento de Estudios Industriales para realizar investigaciones del subsuelo para conocer la viabilidad la irrigación para nuevas áreas de cultivo y llevar a buen fin la política de crédito agrícola que practicaría el Banco Nacional de Crédito Agrícola. Gonzalo Robles, quien dirigió el Departamento y adujo, junto con Marte R. Gómez “que una política agraria de tal envergadura debería incluir irrigación, seguro agrícola, los almacenes de depósito y el crédito al campo por medio de un banco nacional que también atendiese al ejido recién constituido”.

Con el Banco Nacional de Crédito Agrícola se marcó una nueva etapa para el financiamiento y fomento de las actividades productivas de este sector. El estado proveería el mayor monto de capital, mayor tiempo de recuperación. Las noblezas financieras que ejercerían el BNCA estarían enmarcadas en una serie de normativas para los agricultores. El primer punto era la organización de los agricultores en Sociedades Locales o Regionales de Crédito Agrícola, en Uniones de Sociedades Locales y en Sociedades Cooperativas e inscribir los créditos en alguna de las 143 oficinas del Registro de Crédito Agrícola.   Cabe aclarar que los pequeños propietarios con títulos a la mano, eran los más factibles de obtener crédito.

A dos años de haberse inaugurado el BNCA, se registraron dos millones de pesos en saldo a favor.  Los espacios rurales que percibieron financiamiento están descritas puntualmente en estas páginas. Los caudillos revolucionarios vieron florecer el campo mexicano después de haber pasado por una travesía de dificultades financieras, para concretar una de las piezas nodales del fomento agrícola del periodo posrevolucionario, el BNCA, quien tenía por baluarte financiero el Banco de México y la Comisión Nacional de Irrigación. Es decir, El Banco Nacional de Crédito Agrícola no actuó solo, se trató de toda una organización del campo en zonas y regiones agrícolas hacia donde se canalizaban los créditos de habilitación y refaccionarios.  Por primera vez en la historia de México, el pequeño y mediano productor se respaldó con toda la maquinaria e implementos agrícolas necesarios para la siembra y cosecha. También se equiparon las uniones de crédito con despepitadoras, tractores, trilladoras y bodegas. Y ni que decir de la excesiva perforación de pozos profundos, primero aprobados por la Comisión Nacional de Irrigación y financiados por el BNCA en las regiones agrícolas del norte de México.  No obstante que en casi todo el país se organizaron sociedades y cooperativas de crédito agrícola. Desde Yucatán, el Estado de México, Puebla, Oaxaca, Morelos, Veracruz, Tlaxcala, Tamaulipas, Coahuila y Chihuahua entre otras con quienes el BNCA se organizaría incluso, como un intermediario para la comercialización de sus productos y en la búsqueda de precios en el mercado nacional de varias gramíneas como el maíz y el trigo.

En 1935 se fundó el Banco Nacional de Crédito Rural para aligerar, pero más bien para ampliar el horizonte financiero y dirigirse a los ejidatarios organizados en cooperativas ejidales y tendría normas distintas para la recuperación del crédito. Inyectó fuertes cantidades de recursos financieros en maquinaria y equipo agrícola en todas las regiones del país, pero principalmente en el sur de México.

El banco Nacional de Crédito Agrícola como parte de cambio institucional posrevolucionario, no sólo fue parte de una política económica estatista que ofreció recursos al agro mexicano, sino como una institución que impulsó el desarrollo de la agroindustria, del comercio agrícola y de la agricultura intensiva y de exportación.  Pero de mi parte, agregaría también, que formó a nuevos agricultores capitalistas.

Es tema del crédito agrícola ha sido tratado por varios investigadores en México de distintas disciplinas. No obstante, este libro escrito desde la historia económica, es novedoso por el recorrido histórico, lo que nos facilita entender el contexto actual de una política neoliberal, la agricultura no es precisamente el foco de atención de la política económica del país. Específicamente el sector rural.

El auge sin precedente que mostró el crédito agrícola, a partir de la década de los treinta que se extendió hasta los ochenta del siglo pasado, fue parte de una política proteccionista.  El autor deja muy claro que el apoyo del BNCA a los productores de granos fue esencial para el crecimiento de las regiones. Incluyendo la Laguna, El Mante y el Valle del Yaqui. El caso especial del Yaqui, fue un hecho particular por la compra que el BNCA hizo de la Richardson.

Era imperante vender las manzanas que componían el fraccionamiento Richardson y ampliar las redes de canales además de otorgar créditos refaccionarios para la compra de equipos de bombeo y aviar los predios. Los cientos de propietarios agrupados en sociedades colectivas no solo del valle del Yaqui, sino de la Laguna, Los Mochis y Tierra caliente en Michoacán, sumaron millones de pesos en pocos años. Entre 1925 y 1929, el banco otorgó créditos por treinta millones de pesos, suma que se repitió de 1930 a 1935. Los años posteriores declinó la cantidad financiada. Ello se entiende porque el problema mayor era abrir las tierras al cultivo, invertir en la perforación de pozos y equiparlos con bombas importadas, además de la importación de tractores y maquinarias.

Es de reconocerse que el Banco Nacional de Crédito Agrícola, tuvo sus bemoles económicos y de subsistencia. La recuperación del crédito no siempre se dio en la misma medida que lo otorgó. Las pérdidas que registró lo hicieron reconfigurarse años más tarde. Pero ese no es tema de este libro.

Doy las gracias al Dr. Méndez por ofrecernos este trabajo que refleja largas horas en el Archivo General de la Nación, exhaustivas revisiones de distintos fondos y de otras fuentes. Pero lo más importante de una obra de corte histórico es la pasión por la investigación.  Se nota en el entretejido este trabajo, una dedicada y disciplinada labor. Recomiendo ampliamente su lectura. Estoy segura que poco a poco se convertirá en un libro obligado a consultar por el público en general y sobre todo, por los estudiosos de estos temas.

Gracias Doctor Jesús Méndez por esclarecernos el camino del pasado del crédito agrícola en México.