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“Todos los territorios en algún momento han sido zonas de frontera”, Padilla Calderón

PRESENTACIÓN DEL LIBRO: El orden social político en zonas de frontera del septentrión novohispano y mexicano. Siglos XVI-XX, coordinado por José Marcos Medina Bustos, y publicado este año (2018) por El Colegio de Sonora y El Colegio de San Luis.

Comentarios de Esther Padilla Calderón, profesora investigadora del CEHRF, de El Colegio de Sonora.

Es verdad que la historia, o el conocimiento sobre el pasado, ha sido usado en no pocas ocasiones para justificar la injusticia social y para argumentar a favor del dominio de unos cuantos sobre muchos. Sin embargo, en la actualidad y desde hace no poco tiempo, predomina el interés por mostrar lo que realmente ha sucedido y dar a conocer los modos cómo los grupos dominantes han llegado a constituirse en tales. El conocimiento de innumerables procesos sociales nos muestra que “en la historia real el gran papel lo desempeñan, como es sabido, la conquista, el sojuzgamiento, el homicidio motivado por el robo: en una palabra, la violencia”, como dijera Marx (1975, 892). Estos procesos están en el origen del dominio de unos cuantos sobre muchos.

Así, como señala José Marcos Medina Bustos, coordinador de la obra que ahora comentamos, durante algunas décadas el etnocentrismo imperante en la academia reprodujo la idea de que en el proceso de contacto de los europeos y los pueblos americanos, se habían enfrentado “la civilización contra la barbarie” (Medina 2018, 9), como dos estadios distintos del proceso de desarrollo humano. Y ciertamente eran distintos, lo cual era inevitable y lógico, pero por motivos de poder y dominio los representantes de lo que se conocía como “civilización” se consideraban superiores a “los otros”. Sin embargo sabemos que no era así; en efecto, se trataba de sociedades distintas, igualmente complejas, que se reproducían de formas muy diferentes y que se relacionaban internamente de maneras difícilmente concebibles por “los otros” y, asimismo, establecían con su entorno, con los bienes de la naturaleza, relaciones diferentes. No es la idea decir que las sociedades americanas –prehispánicas- eran sociedades absolutamente armónicas y justas, pero creo que podemos decir que la manera como los grupos prehispánicos se relacionaban entre sí y con su entorno, era menos destructiva de la vida misma, pues constituían formas sociales menos desiguales e injustas que la sociedad que se configuró a partir de la llegada de los migrantes conquistadores.

Cuando leo que las fronteras constituyen esos espacios donde se encontraron y se encuentran “pueblos de culturas muy diferentes” (Medina 2018, 10), no puedo evitar pensar que entonces todos los territorios en algún momento han sido zonas de frontera, es decir, sitios donde se enfrentaron los supuestos civilizados y los supuestos atrasados. Pero creo que aquí estamos hablando de los pueblos de frontera que fueron frontera del virreinato durante largos periodos, cuando buena parte del territorio de la Nueva España ya no constituía una frontera, sino un conjunto de territorialidades sociales donde el dominio hispano se había impuesto, después de ejercer la violencia de muy diferentes formas.

Entonces respecto de estos territorios que constituían fronteras más cercanamente en el tiempo, se dice que “el tema […] de la violencia endémica” en “los abordajes historiográficos” ha sido “central”. Y, ciertamente, en cada uno de los trabajos que constituyen este libro, observamos el asunto de la violencia, que se dice es endémica, es decir, es propia de las regiones fronterizas, que se reproduce permanentemente o que está de alguna manera siempre presente. Y para señalar atributos de estas regiones se ha dicho que sobre ellas el gobierno central tenía poco interés, pues eran lejanas y estaban aisladas de los centros de poder político, lo que no quiere decir que no existiera en su interior el poder político de los grupos confrontados que las habitaban, formas de gobierno, autoridades locales con legitimidad social o carentes de ella. Y en la medida en que estas zonas de frontera iban siendo incorporadas al control del virreinato o de los gobiernos del periodo independiente y durante la conformación del estado nacional, constituían cada vez menos una frontera en el sentido de un espacio donde ningún actor social consigue imponerse sobre “los otros”.

Los autores que han dado lugar a este libro, se interesan por indagar cuáles han sido los efectos para los grupos originarios de haber devenido parte de sociedades de frontera durante un periodo prolongado. El libro está compuesto por una introducción, nueve capítulos y un apéndice.

Como señala el coordinador de la obra “los dos primeros capítulos se ubican en los primeros tiempos del contacto hispano-indígena” (Medina 2018, 13). El capítulo de la autoría de Juan Carlos Ruiz Guadalajara, aborda la transformación cultural de los nómadas guachichiles en su integración a la dominación hispánica entre 1550 y 1700. El autor plantea una dificultad respecto a las fuentes, en particular porque se trata de un grupo de población nómada, sin embargo los avances en el conocimiento de estos procesos son prolijos.  Los guachichiles fueron uno de los grupos nómadas denominados chichimecas; habitaron en un altiplano predominantemente semidesértico “con una extraordinaria biodiversidad” que fue bien aprovechada por ellos, que en función de estos recursos tenían importantes relaciones de intercambio con otros grupos, tanto nómadas como seminómadas, e incluso sedentarios como los otomíes. Como señala el autor es un error pensar que una frontera impermeable “dividía tajantemente el mundo agrícola mesoamericano del universo de los cazadores-recolectores chichimecas”. En el proceso de transformación cultural de los guachichiles nómadas en guachichiles novohispanos, intervinieron diversos procesos relativos a “la implantación” del “régimen hispánico”, tales como la colonización mediante la migración de familias tlaxcaltecas, la implantación del modelo de república de indios, el desarrollo de la minería y la ganadería, cuyos impactos ambientales son definitivos. La sedentarización es uno de los efectos más importantes, sin embargo como parte de su resistencia ante la dominación hispana los guachichiles adaptaron sus propias técnicas de explotación de recursos a su nueva condición sedentaria y se desempeñaron como agricultores de bajo nivel mientras continuaban practicando la recolección y la caza menor en el desierto, con arcos y flechas      -como antaño- y sosteniendo sus ciclos de colecta y consumo de tunas en el Gran Tunal. A través del capítulo se puede advertir la “desintegración” de la territorialidad guachichil, supuestamente “bárbara” en medio de procesos envueltos en violencia generada por los bárbaros hispanos.

También el capítulo que ha escrito Chantal Cramaussel da cuenta de un proceso de extinción, en su caso, de la vida social construida por los grupos indígenas que habitaron el Bolsón de Mapimí, como parte del proceso de conquista. La esclavitud y las deportaciones fueron respuestas comunes ante la fuga de los indígenas y sus ataques a los invasores. La colonización se dificultó “ante la ausencia de indios sedentarios” (p. 74), pero los migrantes conquistadores encontraron la forma de dominar el territorio. Una estrategia nodal fue la constitución de alianzas con grupos indígenas para obtener su apoyo como “auxiliares” del ejército y así enfrentar en mejores condiciones a los indígenas rebeldes. Señala Cramaussel que “para combatir a tantos rebeldes fue imprescindible una nutrida participación de indios […] en las campañas” (p. 77). La denominación “indios amigos” que es utilizada y se usó durante la Colonia, parece poco adecuada, considero que la de “indios auxiliares” es más apegada a la realidad. Es absurdo pensar que fueran algo parecido a “amigos” (aunque el término se usara persuasivamente) pues en buena medida, al menos en el Bolsón de Mapimí, los indios auxiliares habían sido reclutados por la fuerza. La misma autora parece cuestionar el apelativo de “indios amigos” cuando señala la prudencia de cuestionar las “alianzas” entre conquistadores e indígenas cuando éstos habían sido apenas reducidos y no conquistados completamente. Los indios auxiliares aprovecharon esas “alianzas” para ajustar cuentas con grupos enemigos y también para enfrentar sus carencias materiales, pero las alianzas nunca fueron duraderas. Considero que aunque en la Colonia los conquistadores les llamaron “indios amigos”, usar ese apelativo es como adoptar la postura del conquistador. La autora concluye señalando que el Bolsón fue un espacio novohispano de difícil conquista.

María del Valle Borrero, presenta una reflexión sobre las milicias de vecinos que contribuyeron a combatir a los grupos indígenas, especialmente a los nómadas. A través de una profunda revisión de trabajos escritos sobre esta temática, la autora comparte que la milicia es una antigua forma “de prestar servicio militar” y que su capacidad combativa está relacionada con situaciones de defensa, no de ataque. Son organizaciones para la autodefensa y no obstante su indisciplina e ineficiencia militar desempeñaron un rol importante para los conquistadores, en los conflictos ocurridos en la América colonial. En lo concerniente a Sonora y Sinaloa, se considera que fue menos complicado conformar una milicia provincial en Sinaloa debido a la inestabilidad del poblamiento en Sonora, no obstante aquí sus acciones fueron importantes para los conquistadores en procesos como el del levantamiento yaqui de 1740. A partir de la Independencia estas organizaciones se denominaron milicias cívicas y continuaron siendo actores importantes.

Enseguida tenemos el capítulo escrito por el coordinador de la obra, José Marcos Medina Bustos, el cual da cuenta de los pronunciamientos de Juan José Tobar y la participación política de grupos indígenas. En este capítulo también se habla de milicias, tanto de indios auxiliares como de vecinos españoles. Los pronunciamientos de Tobar –a través de los cuáles demanda cambios políticos por medio de las armas- ocurren en el comienzo de un ciclo de inconformidad indígena y en un contexto de conflictos entre facciones políticas de no indios sonorenses. Los ópatas fueron los primeros en rebelarse ante los cambios liberales que implicaban restricciones en sus facultades políticas y sobre el uso de la tierra. Luego también se rebelan los yaquis. Entonces las facciones de los no indios empiezan a buscar ¿indios auxiliares? Bueno, no exactamente, este es otro periodo, pero sí buscan alianzas con las sociedades indígenas, buscan verse favorecidos con su apoyo. En este contexto Tobar se pronuncia más de una vez contra la facción gobernante, cuando ya se ha aliado con los indígenas. Así, ante lo amenazante de la alianza el gobierno da marcha atrás a los cambios políticos de corte liberal que habían inconformado a ópatas, yaquis y mayos. El autor del capítulo concluye que esta forma de relación política y de constituirse un enfrentamiento, es decir, a partir de la alianza entre élites políticas y grupos indígenas continuaría ocurriendo. Se advierte entonces que este tipo de colaboración se presenta en Sonora ante situaciones de inestabilidad política que se reproducen durante gran parte del siglo XIX. Me pregunto si los indios fueron siempre “carne de cañón”, a pesar de su actualmente reconocida “agencia”.

Mario Alberto Magaña Mancillas es nuestro siguiente autor. Su capítulo es resultado del análisis que realiza de un manuscrito relacionado con el intento de instalar orden e institucionalidad jurídica en el entonces llamado Partido Norte de la Baja California, es decir, en el territorio de la actual Baja California. Lo cual ocurre en 1857, en un periodo como sabemos absolutamente comprometido en la construcción de un Estado nacional mexicano. Así, mediante su análisis, el autor advierte que el documento y el contexto en el que éste circula, revelan las condiciones de una región periférica inserta en el arduo proceso de búsqueda de una solución para normar finalmente la vida política del territorio. Pero lejos de encontrar esta ansiada solución, la sociedad bajacaliforniana se hunde en una crisis demográfica y económica, que es aprovechada por los grupos indígenas mediante el hurto de ganado, por lo que entonces se realizan varias campañas contra los indígenas. El autor comparte que “en el México del siglo XIX, todas las regiones donde la autoridad se debilitó o desapareció temporalmente, los grupos indígenas recuperaron o intentaron recuperar parte de su poder político y demostraron su capacidad para realizar actos considerados ‘delitos’ por la ‘gente de razón’. Esto es justamente de lo que dan cuenta varios de los trabajos del volumen. A lo largo del capítulo es evidente la “continua situación de caos [y] crisis social” por la que atraviesa el Partido Norte de la Baja California, por lo que el autor concluye que ante la falta de consenso interno el gobierno nacional intervino y estuvo en condiciones de retomar el control sobre las decisiones relacionadas con la vida política de la región.

Ignacio Almada es el autor del siguiente capítulo. En él se centra en reflexionar sobre el orden social y político que se impone a partir de 1886 en el Valle del Mayo. Señalando que el ejército, el ferrocarril y la tecnología hidráulica fueron importantes en la instalación de un orden social. De acuerdo con Vega (2011) señala que los cambios ocurridos en el valle “tuvieron como consecuencia transformar a Sonora en una región exportadora” vinculada a los Estados Unidos. Da cuenta de los levantamientos mayo de 1875, 1886, 1892, así como de la represión gubernamental que tuvo efectos sensibles en la reproducción de las autoridades civiles y militares de los mayos, y también en su vida religiosa. Con base en Aguilar, Lorenzana y García y Alba -entre otros-, señala el impacto de la tecnología hidráulica en el valle. También apunta cómo la llegada de instancias de gobierno como el Ejército federal y la Comisión Geográfico-Exploradora impacta al Valle del Mayo pacificándolo y contribuyendo a su desarrollo económico. Concluye señalando las que llama poco más o menos ‘paradojas del progreso’, tales como la pérdida de autonomía económica y política, de los sectores dominantes del valle. Lo que considero ocurre –finalmente- en las llamadas zonas de frontera.

El siguiente capítulo es de la autoría de Laura Shelton. Su trabajo incorpora la perspectiva de género pues trata acerca de cómo y por qué el trabajo de las parteras pasó de ser una cuestión “de mujeres” a ser parte del interés gubernamental. La autora compara los procesos de modernización de la medicina en Sonora y Nuevo León y, señala que éste proceso fue más lento en el caso de Sonora, mientras que Nuevo León tiene una de las escuelas de medicina más antiguas de México, fundada en 1859; en la que la obstetricia y la formación de parteras fueron parte importante del programa, aunque ahí sólo pudieron estudiar mujeres que habitaban en las cercanías de Monterrey, las demás continuaron aprendiendo la práctica de la partería tradicional. En Sonora, también hubo esfuerzos orientados a la atención de la salud, pero estos se centraron básicamente en el tratamiento de epidemias, es decir, en el estado la mayoría de la población dependía de la medicina popular, que afortunadamente contaba con una rica tradición. Cuando los profesionales de la salud del gobierno de Sonora, llegaron a los pueblos a principios del siglo XX encontraron ricas tradiciones de prácticas de salud prenatal y de partos. En conclusión, la autora señala que tanto en Nuevo León como en Sonora, los funcionarios estatales aspiraron a intervenir en la práctica médica desde mediados del siglo XIX: en Nuevo León un grupo de médicos y notables tuvo condiciones para crear instituciones que atendieron la salud pública desde 1850, y en Sonora los esfuerzos para profesionalizar la medicina llegaron en forma de política nacional en la década de 1930, por lo que en el caso de Sonora puede observarse la práctica médica desde fuera del poder estatal. Ambos estados del país tienen una rica herencia en medicina tradicional que afortunadamente no ha desaparecido.

Ana Luz Ramírez Zavala, ha escrito un capítulo sobre los comcáac o seris y los agentes culturales que intervinieron en procesos de cambio sociocultural entre este grupo. Como se sabe, habitan en la región costera y desértica de Sonora, y su residencia fue de tipo nómada estacional hasta avanzado el siglo XX, siendo la pesca su principal actividad económica. Como parte del violento proceso de integración a los diferentes órdenes sociales dominantes en diferentes momentos, los seris han sido perseguidos, deportados, explotados, con la idea de obligarlos a modificar sus patrones socioculturales y aprovechar su fuerza de trabajo, como en el caso de otros grupos indígenas. La autora señala que antes del siglo XX los programas de cambio cultural dirigidos a los comcáac se pueden reducir a su fallida organización en pueblos de misión. En la segunda mitad del siglo, se incorporan a la comercialización de pescado y constituyen una cooperativa pesquera. Entonces también se observan modificaciones en su dieta, cambios en el uso de materiales para la construcción de sus viviendas, crecimiento de su población y la producción y venta de artesanías. El ranchero Roberto Thomson y el joven Jesús Solórzano, fueron importantes intermediarios, o cultural brokers entre la población indígena Seri e instancias gubernamentales. El rol desempeñado por ambos tuvo efectos tanto positivos como negativos para este grupo étnico, aunque los comcáac depositaron su confianza en ambos personajes durante un largo periodo. Considero que fue mejor para los seris contar con estos intermediarios que haber enfrentado solos a los sátrapas que a lo largo de la historia han ideado formas de aprovechar la fragilidad sociopolítica de estos seres humanos.

Antes del apéndice, el último capítulo, de la autoría de Raquel Padilla Ramos, da cuenta en un primer momento de la vida y obra de importantes líderes yaquis a lo largo del tiempo, en su lucha por la conservación del control sobre su territorio ancestral. Así, podemos leer acerca de las cualidades de líderes como Juan Calixto y Bernabé Basoritemea, Juan Ignacio Jusacamea (Juan la Bandera), Mateo Marquín, José María Leyva “Cajeme”, Juan Maldonado “Tetabiate”, Dolores Islas, Sibalaume, Jesús Raju. Todos ellos tenían -señala la autora, de acuerdo con sus colaboradores- “el don del carisma”, que radica en diferentes cualidades manifiestas por ellos, tales como el poder de convencimiento por medio de la palabra, el ingenio militar, la valentía. En la segunda parte del texto, la autora se centra en estudiar la figura de Sebastián González, capitán coyote recordado por sus gestiones sobre la definición de los linderos del territorio Yaqui y por su valentía, para quien en la defensa de la tribu todo era válido. En la cultura yaqui tanto el heroísmo como la heroicidad están presentes.

Llegamos finalmente al apéndice. Se trata de un texto muy rico, escrito por Ingrid de Jong con el objetivo de mostrar los avances hechos por la etnohistoria tanto chilena como argentina. Entonces ¿por qué cerrar el volumen con este texto? Bueno, las razones pueden ser múltiples, una de ellas pudiera ser porque el texto ofrece una síntesis de las perspectivas, los métodos, los marcos conceptuales, los hallazgos empíricos, los logros alcanzados por la etnohistoria de una zona de frontera, conformada por la Araucanía-Norpatagonia y las Pampas, en un amplio periodo. Por lo tanto señala cambios y logros fundamentales, que invitan a voltear a ver lo realizado hasta el momento en otras latitudes fronterizas. El libro que aquí se comenta, es una clara muestra de la determinación existente en la academia mexicana para avanzar con buena dirección, en el conocimiento histórico de la zona de frontera conformada por los territorios del norte mexicano. Les invito a leerlo.